The Fort Worth Press - Ucrania presiona a Moscú

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Ucrania presiona a Moscú




Los ataques ucranianos contra refinerías, puertos y nodos logísticos situados a miles de kilómetros del frente han cambiado la geometría del conflicto. Kiev intenta convertir la profundidad territorial rusa en un coste, frenar la maquinaria bélica y llegar a cualquier diálogo futuro desde una posición menos vulnerable. La presión es real, pero todavía no equivale a una decisión del Kremlin de pactar.

La profundidad rusa deja de ser refugio
Durante buena parte de la guerra, Moscú pudo confiar en una ventaja que parecía elemental: la distancia. Las fábricas, los depósitos, las bases y las grandes instalaciones energéticas situadas en el interior del país quedaban fuera del alcance habitual de Ucrania. Esa premisa ya no se sostiene. El ataque contra la refinería de Omsk, a unos 2.700 kilómetros del territorio controlado por Kiev, mostró que incluso Siberia puede entrar en el radio operativo de los sistemas ucranianos de largo alcance.

Omsk no fue un episodio aislado. Desde el comienzo de 2026, las refinerías rusas han sido atacadas al menos 194 veces, once veces más que en el mismo periodo del año anterior. A esa lista se suman terminales portuarias, estaciones de bombeo, depósitos, buques cisterna, centros de producción militar y enlaces ferroviarios. La campaña busca algo más que incendios visibles. Pretende obligar a Rusia a dispersar defensas, interrumpir cadenas de suministro y demostrar que la retaguardia ya no es un santuario. La transformación no depende únicamente del alcance. Ucrania ha mejorado la producción en serie, la navegación, la selección de rutas y la coordinación entre ataques de distinta profundidad. Los drones que vuelan cientos o miles de kilómetros se benefician de operaciones previas contra radares, sistemas antiaéreos, centros de comunicaciones y almacenes situados entre 30 y 180 kilómetros detrás del frente. Esa combinación abre corredores, satura la respuesta rusa y aumenta la probabilidad de que una parte de cada oleada alcance su objetivo.

La inmensidad del territorio ruso, que durante décadas fue una ventaja estratégica, se convierte así en un problema de asignación. Moscú debe proteger al mismo tiempo la capital, los puertos del Báltico y del mar Negro, las refinerías del Volga, la industria militar, las bases aéreas y una línea de frente de unos 1.200 kilómetros. Ninguna red de defensa antiaérea puede cubrir todos esos puntos con la misma densidad. Cada batería trasladada hacia una instalación industrial deja otra zona con menos protección.

El petróleo, convertido en palanca
El efecto más inmediato se observa en el mercado de combustibles. A comienzos de julio, la producción disponible de gasolina cubría alrededor del 65 por ciento de la demanda estacional rusa. El déficit diario se situaba entre 40.000 y 45.000 toneladas, después de la paralización total o parcial de instalaciones como NORSI, Omsk y Sarátov. Las restricciones de venta, las colas y el racionamiento se extendieron por numerosas regiones, incluidas áreas que hasta entonces apenas habían percibido el coste directo de la guerra.

La respuesta de Moscú revela la magnitud del problema. El Gobierno limitó las exportaciones de productos refinados, recurrió a reservas, aumentó las compras de combustible en el exterior y permitió medidas excepcionales para sostener la oferta. Para un país que figura entre los mayores productores de crudo del mundo, tener que importar gasolina y contener el consumo interno supone una vulnerabilidad política además de económica. La guerra deja de ser una abstracción televisiva cuando afecta al depósito de un automóvil, a la cosecha o al transporte de mercancías.

Sin embargo, hablar de colapso sería prematuro. Rusia sigue extrayendo grandes volúmenes de petróleo y conserva capacidad para redirigir parte del crudo que ya no puede refinar hacia la exportación. En junio aumentaron los embarques de crudo, mientras descendieron los de productos refinados. Las refinerías también pueden reparar unidades, improvisar desvíos y reanudar parte de la actividad. El Estado dispone de instrumentos administrativos, financieros y coercitivos para repartir la escasez y proteger a los sectores prioritarios.

El valor estratégico de la campaña reside precisamente en la acumulación. Una refinería dañada no obliga por sí sola a negociar. Decenas de instalaciones golpeadas, reparaciones repetidas, primas de seguro más altas, rutas logísticas alteradas y una oferta de combustible insuficiente sí modifican el coste de mantener la guerra. Ucrania intenta que cada mes de ofensiva rusa exija más dinero, más defensa antiaérea y más sacrificios internos.

Tres capas de presión
La estrategia impulsada por Volodímir Zelenski combina tres niveles. El primero es el ataque profundo contra energía, industria y exportaciones. El segundo es la interdicción de alcance medio contra defensas antiaéreas, depósitos, puestos de mando y líneas ferroviarias. El tercero es la guerra táctica de drones sobre el frente, donde pequeños aparatos de reconocimiento y ataque dificultan las concentraciones de tropas y reducen la ventaja numérica rusa. Esta arquitectura persigue una forma de coerción. Kiev no necesita ocupar territorio ruso para imponer costes. Le basta con obligar a Moscú a defender miles de objetivos, encarecer el movimiento de combustible y munición, y ralentizar el ritmo de las operaciones terrestres. Un dron relativamente barato que obliga a emplear un interceptor costoso, cerrar temporalmente un aeropuerto o detener una unidad de refino produce un efecto desproporcionado respecto a su precio.

El desarrollo de una industria nacional ha reducido además la dependencia de autorizaciones extranjeras. Sistemas como el FP-1 y otras plataformas de fabricación ucraniana permiten planificar ataques sin quedar sujetos a todas las restricciones políticas que acompañan al armamento occidental. De ahí nace la idea de que Ucrania ya no tiene límites. No significa que disponga de recursos infinitos ni que pueda golpear cualquier objetivo a voluntad. Significa que la distancia rusa ofrece mucha menos seguridad que antes.

La dimensión industrial se completa con la diplomacia. Kiev ha firmado nuevos acuerdos internacionales relacionados con drones y ha obtenido respaldo político para producir interceptores Patriot bajo licencia. La coproducción con aliados busca convertir la experiencia acumulada en capacidad sostenida. Aun así, las nuevas líneas de fabricación tardarán en dar resultados y Ucrania continúa expuesta a los misiles balísticos, las bombas planeadoras y las oleadas de drones rusos.

Un frente que ya no obedece al volumen
En tierra, Rusia conserva ventajas importantes en masa, potencia de fuego y capacidad de destrucción. Pero su avance se ha ralentizado de forma notable. Durante la primavera, las ganancias verificadas se midieron en decenas de kilómetros cuadrados al mes. El mando ucraniano sostiene que sus fuerzas recuperaron más de 600 kilómetros cuadrados desde enero y que, en algunos periodos, liberaron más terreno del que perdieron. La cartografía sigue siendo cambiante y las cifras de ambos bandos deben tratarse con cautela, pero la tendencia muestra que el volumen ruso ya no garantiza un progreso constante. Los drones ucranianos han contribuido a ese freno al detectar movimientos, atacar vehículos, aislar posiciones y convertir las rutas de suministro en zonas de riesgo permanente. Las operaciones de alcance medio agravan el efecto al golpear la retaguardia inmediata. El resultado no es una superioridad absoluta de Kiev, sino una reducción de la capacidad rusa para transformar su ventaja humana en conquistas rápidas.

Las estimaciones más recientes sitúan las bajas rusas acumuladas desde febrero de 2022 en torno a 1,4 millones de muertos, heridos y desaparecidos, con entre 400.000 y 450.000 fallecidos. En 2026, las pérdidas mensuales habrían superado los 30.000 efectivos, por encima de un ritmo de reclutamiento cercano a 27.000. Son cálculos sujetos a un margen amplio de error, porque ninguna de las partes publica datos completos, pero ayudan a explicar por qué el Kremlin necesita mayores primas, más presión sobre las regiones y soldados con menor preparación.

Donetsk, el nudo de la guerra
El principal obstáculo para una negociación sigue concentrado en Donetsk. Rusia controla casi toda Lugansk y gran parte de Donetsk, pero aproximadamente una quinta parte de esta última región permanece bajo control ucraniano. Allí se encuentra el llamado cinturón fortificado, una cadena urbana de unos 50 kilómetros que enlaza Kostiantínivka, Druzhkivka, Kramatorsk y Sloviansk a lo largo de la carretera H-20. Ucrania fortifica esta zona desde 2014. Las ciudades, las elevaciones, los ríos, las trincheras, las minas y las posiciones preparadas favorecen al defensor. Kostiantínivka, en el extremo sur del sistema, se ha convertido en el punto de mayor presión. Rusia anunció su captura a comienzos de julio, pero Kiev lo negó y afirmó que la defensa continuaba. La falta de una verificación concluyente refleja la naturaleza fragmentada de una batalla dominada por infiltraciones, drones y posiciones entremezcladas.

Para Moscú, completar la conquista del Donbás tiene un valor militar y simbólico. Vladímir Putin necesita presentar un resultado reconocible después de más de cuatro años de guerra a gran escala. Terminar el conflicto sin controlar todo Donetsk dificultaría la construcción de una victoria interna. Para Ucrania, entregar ese cinturón sin garantías de seguridad sólidas sería aceptar una frontera más difícil de defender y conceder a Rusia una plataforma para una futura ofensiva.

No es exacto afirmar que detrás del cinturón no existe ninguna defensa posible. Ucrania puede preparar nuevas líneas y aprovechar otros obstáculos. Pero la densidad urbana disminuye hacia el oeste y la pérdida de ese conjunto de ciudades debilitaría de manera sustancial la posición ucraniana. Por eso el territorio no es una simple ficha de intercambio. Es el punto donde chocan la narrativa rusa de victoria y la necesidad ucraniana de supervivencia.

Señales de diálogo y voluntad de escalada
Putin declaró el 23 de junio que Rusia estaba dispuesta a reanudar conversaciones sobre la base de los entendimientos de Estambul, las modalidades debatidas en Anchorage y las realidades sobre el terreno. La frase pareció abrir una puerta, pero el marco exigido por Moscú apenas cambió. El Kremlin mantiene que Ucrania debe retirarse de las cuatro regiones que Rusia afirma haber anexionado y abandonar cualquier aspiración de entrar en la OTAN.

Para Kiev, esas condiciones equivalen a ceder territorio que Rusia ni siquiera controla por completo, debilitar su ejército y confiar en promesas que no evitaron las agresiones anteriores. Zelenski acepta que la diplomacia será necesaria, pero insiste en que un alto el fuego sin mecanismos de cumplimiento, defensa aérea, capacidad militar propia y compromisos externos verificables solo aplazaría otra guerra. También ha circulado una presentación atribuida al bloque político de la administración presidencial rusa que estudia cómo explicar a la población un eventual acuerdo. El escenario contemplaba conservar Donetsk y Lugansk, congelar la división de Jersón y Zaporiyia según la línea del frente, retirar tropas de Sumy y Járkov, y presentar el resultado como una victoria sobre Occidente. El documento no constituye una decisión oficial ni prueba que Putin haya aprobado ese camino. Sí indica que una parte del aparato ruso considera necesario preparar un relato para el día después. Los acontecimientos más recientes apuntan, no obstante, a una voluntad de continuar la guerra. Putin sigue considerando esencial la conquista del resto del Donbás y ha rechazado propuestas de alto el fuego sobre la línea actual. Moscú sostiene que los ataques ucranianos justifican una zona de seguridad más profunda, mientras intensifica los bombardeos contra ciudades e infraestructuras de Ucrania. La presión puede acercar una negociación, pero también puede endurecer al dirigente que debe aceptarla.

Esta aparente contradicción no es extraña. Un régimen puede planificar cómo vender una salida y, al mismo tiempo, apostar por una última escalada para mejorar sus condiciones. La pregunta decisiva no es si en el Kremlin se habla de paz, sino si Putin llega a la conclusión de que los próximos meses ofrecerán menos ventajas que una negociación inmediata.

La economía resiste, pero paga
La economía rusa muestra desgaste sin estar al borde de una ruptura. El producto interior bruto cayó alrededor de un 0,2 por ciento interanual en el primer trimestre, y la previsión oficial de crecimiento para 2026 se redujo al 0,4 por ciento. El gasto militar sigue absorbiendo una parte extraordinaria de los recursos, el déficit presupuestario superó en los primeros meses el objetivo previsto para todo el año y aumentan las tensiones en el crédito y en las finanzas regionales. Al mismo tiempo, Rusia conserva amortiguadores. El Estado controla bancos, energía y grandes empresas, puede imponer compras de deuda, restringir movimientos de capital, elevar impuestos y priorizar el complejo militar. Los altos precios del petróleo y la continuidad de compradores asiáticos ofrecen ingresos. La deuda pública parte de un nivel relativamente bajo. Todo ello permite prolongar la guerra durante más tiempo del que sugeriría una lectura basada únicamente en las colas de las gasolineras.

El problema para Putin no es la insolvencia inmediata, sino el deterioro acumulativo. Cada rublo destinado a reparar una refinería, pagar una prima de reclutamiento o proteger una instalación es un rublo que no se invierte en servicios, productividad o infraestructuras civiles. La economía puede sobrevivir a la presión y, sin embargo, volverse menos capaz de sostener una guerra indefinida sin cambios políticos y sociales cada vez más visibles.

Lo que Zelenski ha conseguido
Zelenski todavía no ha obligado a Rusia a negociar de buena fe. Moscú no ha retirado sus exigencias maximalistas y dispone de medios para seguir atacando. Ucrania, además, afronta sus propias carencias de personal, financiación e interceptores. La campaña de largo alcance no sustituye la defensa del frente ni resuelve por sí sola el problema de las garantías de seguridad. Lo que sí ha conseguido Kiev es modificar la agenda del Kremlin. Rusia debe importar combustible, limitar ventas, redistribuir defensas, acelerar reparaciones y explicar a su población por qué una guerra presentada como distante llega ahora a Moscú, al Volga y a Siberia. También debe decidir cuánto está dispuesta a pagar por la última parte de Donetsk y si una movilización más amplia sería políticamente soportable.

Esa es la lógica de la presión ucraniana. Cada ataque pretende reducir la expectativa rusa de que el tiempo trabaja a su favor. Cada mes sin una ruptura del frente hace más difícil justificar nuevas pérdidas. Cada instalación alcanzada acerca el coste de la guerra a centros urbanos y económicos que el Kremlin trató de aislar. La negociación se vuelve posible cuando la alternativa deja de parecer claramente mejor.

Ucrania ya no tiene límites es, por tanto, una fórmula política más que una descripción literal. El mapa operativo se ha ampliado y la retaguardia rusa se ha encogido. La cuestión que definirá la siguiente fase no es si los drones ucranianos pueden seguir volando lejos, sino si el daño acumulado, la resistencia del cinturón fortificado y la unidad de los aliados bastarán para cambiar el cálculo de Putin antes de que una nueva escalada multiplique la destrucción.