The Fort Worth Press - Cuba al límite ante Trump

USD -
AED 3.672503
AFN 64.501461
ALL 81.350154
AMD 368.601612
ANG 1.789884
AOA 917.999754
ARS 1395.500175
AUD 1.386963
AWG 1.8
AZN 1.697502
BAM 1.664922
BBD 2.017519
BDT 122.90693
BGN 1.668102
BHD 0.378325
BIF 2981.344252
BMD 1
BND 1.268148
BOB 6.921708
BRL 4.9429
BSD 1.001694
BTN 94.415643
BWP 13.412506
BYN 2.830826
BYR 19600
BZD 2.014625
CAD 1.36635
CDF 2316.000097
CHF 0.780103
CLF 0.022639
CLP 891.00002
CNY 6.80185
CNH 6.80805
COP 3739.23
CRC 459.54114
CUC 1
CUP 26.5
CVE 93.86572
CZK 20.719799
DJF 178.37594
DKK 6.370898
DOP 59.575193
DZD 132.081983
EGP 52.734703
ERN 15
ETB 156.416039
EUR 0.85258
FJD 2.189202
FKP 0.735472
GBP 0.73757
GEL 2.680233
GGP 0.735472
GHS 11.269164
GIP 0.735472
GMD 72.999755
GNF 8791.554931
GTQ 7.648696
GYD 209.575129
HKD 7.83295
HNL 26.609949
HRK 6.422498
HTG 131.198897
HUF 304.471019
IDR 17346.8
ILS 2.901355
IMP 0.735472
INR 94.489903
IQD 1310
IRR 1312899.999648
ISK 122.580604
JEP 0.735472
JMD 157.783169
JOD 0.709057
JPY 156.878993
KES 129.320525
KGS 87.4205
KHR 4018.030059
KMF 419.000407
KPW 900.010907
KRW 1456.630427
KWD 0.30795
KYD 0.834759
KZT 463.893216
LAK 21982.446732
LBP 89702.650016
LKR 322.556205
LRD 183.81558
LSL 16.370136
LTL 2.95274
LVL 0.60489
LYD 6.336032
MAD 9.142505
MDL 17.234041
MGA 4159.536883
MKD 52.55597
MMK 2099.841446
MNT 3580.445259
MOP 8.079611
MRU 40.080024
MUR 46.720266
MVR 15.455036
MWK 1741.999816
MXN 17.309199
MYR 3.909794
MZN 63.902625
NAD 16.370095
NGN 1359.90979
NIO 36.704978
NOK 9.286615
NPR 151.073086
NZD 1.68241
OMR 0.384499
PAB 1.001694
PEN 3.457501
PGK 4.359596
PHP 60.849843
PKR 279.114204
PLN 3.607315
PYG 6130.874854
QAR 3.642981
RON 4.487498
RSD 100.07798
RUB 74.650223
RWF 1468.60767
SAR 3.775297
SBD 8.032258
SCR 13.91784
SDG 600.500135
SEK 9.25346
SGD 1.268103
SHP 0.746601
SLE 24.597294
SLL 20969.496166
SOS 571.503383
SRD 37.430964
STD 20697.981008
STN 20.857277
SVC 8.764716
SYP 110.548305
SZL 16.369767
THB 32.259764
TJS 9.360949
TMT 3.51
TND 2.869502
TOP 2.40776
TRY 45.324698
TTD 6.77614
TWD 31.413504
TZS 2599.010035
UAH 43.865066
UGX 3746.456572
UYU 40.052438
UZS 12138.314988
VES 496.20906
VND 26310
VUV 118.093701
WST 2.711513
XAF 558.427617
XAG 0.012755
XAU 0.000213
XCD 2.70255
XCG 1.805297
XDR 0.694505
XOF 558.399094
XPF 101.522929
YER 238.601107
ZAR 16.445801
ZMK 9001.198349
ZMW 19.082156
ZWL 321.999592

Cuba al límite ante Trump




Cuba amanece cada día con un nuevo cálculo de supervivencia: cuántas horas habrá luz, cuánto combustible quedará para mover un autobús, si el hospital podrá mantener funcionando equipos esenciales, si el mercado tendrá lo mínimo para que una familia complete una comida. En medio de esa fragilidad, la política exterior de Estados Unidos ha entrado en una fase de presión más agresiva y más sofisticada: ya no se trata solo de sanciones tradicionales, sino de un cerco energético diseñado para estrangular el punto más vulnerable de la economía cubana.

La pregunta —tan simple como explosiva— se impone en los pasillos diplomáticos, en la isla y fuera de ella: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar Donald Trump con Cuba? Y, sobre todo, ¿qué ocurre si el país, exhausto, cruza el umbral del “no resiste más”?

Un país detenido por la energía
La crisis cubana ya no es una suma de carencias: es un sistema completo que pierde su capacidad de funcionar. Cuando falta combustible, no solo se apagan las bombillas: se ralentiza el transporte urbano e interprovincial; se interrumpe la cadena de distribución de alimentos; se complica la recogida de residuos; se limita el bombeo de agua; se paralizan industrias; se deteriora la prestación de servicios sanitarios. En ese contexto, las autoridades cubanas han activado medidas de emergencia que, en la práctica, reconocen lo que la población percibe en la calle: la prioridad es preservar “lo imprescindible” y administrar la escasez.

Las restricciones se traducen en horarios laborales reducidos, recortes drásticos de movilidad, disminución de actividades públicas y ajuste de rutinas educativas. Se trata de una economía que, con menos energía, se vuelve literalmente más pequeña: menos producción, menos transporte, menos servicios. Cada recorte busca evitar el colapso total, pero al mismo tiempo revela una verdad incómoda: el margen se agotó.

A la crisis energética se suma el desgaste acumulado de años de inflación, moneda debilitada, fuga de mano de obra, contracción del turismo y deterioro de infraestructuras. La sensación de “país en pausa” se extiende: si no hay combustible, Cuba no se mueve; si Cuba no se mueve, tampoco produce; si no produce, no recauda divisas; si no recauda divisas, compra menos energía. Es un círculo que se retroalimenta.

La nueva palanca: castigar el petróleo, no solo a Cuba
En las últimas semanas, Washington ha formalizado una escalada que cambia el tablero. La estrategia gira alrededor de una idea: asfixiar el suministro de petróleo a Cuba no solo castigando a entidades cubanas, sino amenazando económicamente a terceros países que vendan o faciliten petróleo a la isla.

El instrumento central es un decreto presidencial que declara una emergencia nacional respecto a Cuba y crea un mecanismo para imponer aranceles adicionales a importaciones provenientes de países que, directa o indirectamente, suministren petróleo a Cuba. Es una arquitectura de presión con dos efectos inmediatos:

- Desincentivar que proveedores tradicionales o potenciales sigan enviando crudo o combustibles, por miedo a perder acceso privilegiado al mercado estadounidense o a sufrir costes adicionales.

- Elevar el precio real del petróleo para Cuba, incluso cuando el barril en el mercado internacional no se dispare, porque el riesgo regulatorio y financiero encarece cada operación.

El mensaje político es inequívoco: Estados Unidos pretende convertir el combustible en un “punto de estrangulamiento”. No se limita a la retórica; se acompaña de una narrativa oficial que presenta al gobierno cubano como una amenaza externa para la seguridad y la política exterior estadounidenses. En esa narrativa, se vincula a La Habana con alianzas y actividades consideradas hostiles por Washington. Cuba rechaza esas acusaciones, pero el marco estadounidense sirve para justificar medidas excepcionales y rápidas.

“¿Cambio de régimen o acuerdo?”: los escenarios que se discuten
Con la presión energética como telón de fondo, en los círculos de análisis se manejan tres grandes escenarios —ninguno limpio, ninguno sin riesgos— sobre hasta dónde podría llegar la Casa Blanca.

1) Invasión o intervención militar: posible, pero políticamente tóxica
La opción más extrema —una operación militar directa— es técnicamente imaginable, pero políticamente explosiva. Incluso quienes la consideran viable suelen admitir dos grandes obstáculos:

- La posguerra: derribar un gobierno es mucho más rápido que reconstruir un Estado funcional. La administración que tome ese camino cargaría con la responsabilidad del día después: seguridad, servicios, transición política, estabilidad social.

- El factor migratorio: un conflicto o un colapso repentino puede empujar a decenas o cientos de miles a buscar salida por mar o por rutas terrestres. Para Washington, eso no es un daño colateral menor: es un terremoto político interno.

- Por esa combinación, el escenario militar se percibe como “último recurso” o como amenaza latente más que como plan principal. El costo no solo sería internacional: sería doméstico.

2) Intervención selectiva: presión con “dientes”, sin ocupación
Entre la guerra abierta y la diplomacia tradicional existe un terreno gris: operaciones selectivas, sanciones personalizadas, acciones encubiertas, golpes quirúrgicos a redes económicas, maniobras de control marítimo y presión financiera sobre estructuras clave del Estado cubano. Este escenario busca “romper” la resistencia del sistema sin entrar en una ocupación prolongada.

La dificultad, sin embargo, está en la propia anatomía del poder cubano: el control interno es rígido, la estructura es opaca y el régimen ha sobrevivido durante décadas precisamente por su capacidad de contención. A diferencia de otros casos regionales donde un liderazgo único concentra el símbolo del poder, en Cuba la toma de decisiones y los resortes económicos se distribuyen en un entramado civil-militar complejo. Una estrategia “selectiva” exige inteligencia fina y objetivos bien elegidos; de lo contrario, aumenta el sufrimiento social sin producir un cambio político.

3) Presión económica máxima: el camino más probable
La tercera vía —y la que hoy parece más plausible— consiste en subir gradualmente el precio del oxígeno económico hasta forzar una negociación o una capitulación parcial. Aquí encaja el cerco petrolero, pero también otras palancas tradicionales:

- Viajes y conectividad aérea: reducir frecuencias, endurecer permisos o encarecer rutas puede aislar la isla y cortar entradas de bienes esenciales.

- Remesas: más allá del dinero, las remesas incluyen productos, medicinas y artículos que sostienen a millones de familias. Limitar ese flujo multiplica la presión social y acelera el deterioro cotidiano.

- Sanciones y licencias: ajustes regulatorios pueden complicar transacciones, encarecer seguros, cerrar canales de pago y paralizar importaciones estratégicas.

- Pero hay un dilema ético y político que atraviesa esta estrategia: cuando se aprieta la economía de un país con carencias estructurales, el golpe no se queda en la élite. La vida común se vuelve más difícil, y la crisis humanitaria puede convertirse en un boomerang para quien presiona, sobre todo si el desenlace es una ola migratoria masiva o imágenes de colapso sanitario.

La paradoja: apretar sin provocar el estallido
El punto más delicado de la estrategia estadounidense es su propia contradicción. La presión busca debilitar al gobierno cubano, pero un debilitamiento excesivo puede producir caos. Y el caos, en Cuba, no se queda en Cuba.

Washington ha insinuado, en distintos momentos, que preferiría una Cuba “libre” y que un acuerdo sería posible si se avanza hacia cambios políticos. Sin embargo, el margen real de negociación está condicionado por la legislación estadounidense que fija requisitos estrictos para desmantelar el entramado del embargo. Eso reduce la capacidad de ofrecer “grandes recompensas” inmediatas, incluso si hubiera voluntad política: no todo depende del Ejecutivo.

En otras palabras: Estados Unidos puede subir el castigo con rapidez, pero le cuesta más “pagar” una salida. Ese desequilibrio complica cualquier vía de pacto.

La isla y su respuesta: resistir, reorganizar, pedir aire
Desde La Habana, el discurso oficial combina firmeza y necesidad. Se denuncia la presión exterior como causa central de la crisis y se insiste en la voluntad de diálogo, pero “sin presión”. En la práctica, el gobierno cubano intenta tres cosas a la vez:

- Administrar la escasez para evitar el colapso de servicios esenciales.

- Buscar proveedores alternativos y soluciones parciales para energía y transporte.

- Contener el desgaste social mediante control interno y mensajes de resiliencia.

La población, mientras tanto, vive una realidad paralela a cualquier comunicado: colas, apagones, incertidumbre, salarios que no alcanzan, medicamentos difíciles de conseguir y un horizonte que empuja a muchos a irse si pueden.

La variable Florida: política exterior como política interior
Cuba es un asunto internacional, sí, pero también es —para Estados Unidos— un asunto de política interna. En año de elecciones de mitad de mandato, cualquier giro tiene lectura doméstica: firmeza frente al comunismo, control migratorio, liderazgo regional. Cuba funciona como símbolo, y los símbolos pesan.

Ese peso se amplifica por la dimensión emocional e histórica del vínculo entre Florida, la comunidad cubanoamericana y la política hacia La Habana. Para la Casa Blanca, ser “duro” con el gobierno cubano puede ser rentable; pero ser percibido como responsable de un caos humanitario o de una crisis migratoria puede ser devastador.

¿Hasta dónde llegará Trump?
Si el cerco petrolero se consolida y se refuerza con medidas complementarias, Cuba podría entrar en una fase todavía más crítica: menos energía, menos transporte, menos producción, menos abastecimiento. El objetivo implícito de una presión así suele ser uno de estos dos:

Forzar un acuerdo que permita a Washington presentar resultados políticos sin asumir una ocupación ni una reconstrucción. Acelerar una crisis interna que obligue a sectores del propio sistema cubano a aceptar cambios. Pero entre el objetivo y la realidad hay un abismo: Cuba ha demostrado resiliencia autoritaria; la población ha acumulado cansancio; y el factor migratorio actúa como freno a la hora de “apretar hasta el final”. Por ahora, la dirección más verosímil no es la de los marines desembarcando, sino la de una presión económica escalonada con la energía como eje, combinada con incentivos ambiguos para negociar. El resultado puede ser una salida pactada, un estancamiento prolongado o un deterioro social con consecuencias imprevisibles.

La isla, mientras tanto, sigue contando horas de luz y litros de combustible. Y esa contabilidad cotidiana —tan doméstica, tan brutal— es la que decidirá, antes que cualquier discurso, cuánto más puede resistir Cuba.