The Fort Worth Press - Los exiliados vuelven para reconstruir Daraya, ciudad emblemática de la revolución siria

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Los exiliados vuelven para reconstruir Daraya, ciudad emblemática de la revolución siria
Los exiliados vuelven para reconstruir Daraya, ciudad emblemática de la revolución siria / Foto: © AFP

Los exiliados vuelven para reconstruir Daraya, ciudad emblemática de la revolución siria

Como un fantasma nocturno, el artista Bilal Shorba, conocido como el Banksy sirio, se deslizaba antaño entre las ruinas de Daraya para pintar sus grafitis, rezando para que los pistoleros del régimen no lo mataran. Años después, no sale de su asombro: su obra ha sobrevivido a la devastación que sufrió la ciudad durante la guerra civil.

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A su regreso del exilio, este rebelde se llevó la alegría de ver que algunos de sus grafitis escaparon a la destrucción en esta localidad de la periferia de Damasco, una de las primeras en sumarse a la rebelión contra el poder en 2011.

Uno de ellos, con impactos de bala, evoca la trágica evolución de la revolución siria: una mujer con traje de novia, violín en mano, encabeza la danza, seguida de un soldado, de un rebelde, y de un yihadista armado de un kaláshnikov.

Es "una victoria", dice Bilal Shorba, de 31 años.

"Pese a la entrada del régimen en la región, pese a nuestro exilio, estos grafitis han permanecido y el régimen se ha ido".

Y es que Daraya tiene un capítulo especial en la revolución siria.

Fue aquí, en marzo de 2011, donde los manifestantes regalaron flores a los soldados. Aquí también las fuerzas de Bashar al Asad perpetraron en agosto de 2012 su peor campaña de ejecuciones sumarias. Asediada luego durante años, Daraya fue la única ciudad siria que se vació completamente de su población.

Durante tres años, de 2016 a 2019, no vivió aquí ni uno de los 250.000 habitantes que había antes de la guerra, obligados a partir a Europa o a los países vecinos durante la gran oleada migratoria de 2015. Otros se refugiaron en Damasco, a siete kilómetros de distancia.

Con una pequeña maleta, en la que metió "ropa para dos o tres días, lápices de colores, un cuaderno de dibujo y un ejemplar de Los miserables" en árabe, Bilal Shorba, oriundo de Damasco, vino a Daraya en 2013 para apoyar arma en mano a los rebeldes.

Aquí estuvo durante tres años, sometido al implacable asedio, bajo los bombardeos terrestre y aéreos y sobreviviendo a base de hierbas silvestres. Obligado, como miles de combatientes, a evacuar Daraya en dirección de la zona rebelde del noroeste de Siria en agosto de 2016, pudo huir a Turquía.

Años después ha podido regresar con el propósito de dibujar nuevos murales y "borrar" las reliquias del pasado y los retratos a la gloria del clan Asad, que gobernó Siria de forma represiva durante más de medio siglo.

- Regresar pese a la devastación -

Bilal Shorba es uno de los miles de exiliados que regresaron a Daraya tras la caída de Bashar al Asad el 8 de diciembre de 2024, y la llegada al poder del grupo islamista sirio Hayat Tahrir al Sham (HTS) y de su líder, el ahora presidente Ahmed al Sharaa.

Médicos, ingenieros, profesores, obreros y agricultores han venido del extranjero cargados de nuevas competencias, conocedores de la libertad y con esa determinación tan propia de los habitantes de Daraya, que estuvieron en la vanguardia de la revolución de 2011.

Pero, ¿cómo volver con su familia a una ciudad donde el 65% de los edificios están totalmente destruidos, el 21% requieren renovación y el 14% tienen daños, tal como estimaba en abril la asociación de ingenieros siroestadounidense?

Hussam Lahham, exiliado desde 2016 en Idlib, en el noroeste, no se hizo la pregunta.

Fue uno de los últimos en irse de la ciudad rebelde, tras ejercer primero como motor de la sociedad civil, recopilando víveres, y luego como combatiente y comandante.

Lahham ha sido de los primeros en volver. Porque había que reconstruir Daraya, "en nombre de los sacrificios consentidos para recuperar su libertad, como la de toda Siria", explica.

Ahora voluntario en la administración civil, pelea para conseguir fondos para la reconstrucción.

Recorriendo la ciudad, el panorama es diverso: en algunos barrios hay obreros en los tejados, restaurando fachadas, pero en otros no hay más que edificios reventados, redes eléctricas inutilizadas y barrios desiertos.

Las infraestructuras sanitarias resultaron especialmente dañadas: los cuatro hospitales de la localidad están fuera de servicio.

Muchos profesionales de la salud emigraron durante la guerra a Egipto, Jordania, Turquía o Alemania, y la mayoría no han regresado.

Sólo un equipo de Médicos Sin Fronteras garantiza una atención hasta final de año. "La gente se animará a venir si se facilita atención médica", incide Hussam Lahham, de 35 años.

- Servir al país -

El doctor Hussam Jamus no reconoció la ciudad cuando volvió.

"Sabía que estaba destruida, pero no hasta este punto", dice este otorrinolaringólogo de 55 años, que se marchó a fines de 2012, cuando comenzó el asedio.

Durante su exilio de diez años en Jordania, Hussam Jamus perdió a sus pacientes, que llegaron a ser miles, así como el derecho de ejercer en su país de acogida. Pero lejos de resignarse, decidió trabajar como voluntario en una asociación caritativa, y luego en un hospital de la Media Luna Roja emiratí. Allí aprovechó para formarse en medicina estética.

En cuanto le fue posible, regresó -"felicísimo de volver, como si viviera de nuevo", dice.

En el muro de entrada, acribillado de balas, en la calle de la Revolución, puso su placa con su nombre en letras grandes.

En cuestión de semanas recibió a cientos de pacientes; niños con inflamaciones de amígdalas, y ex detenidos con "los tímpanos perforados o la nariz rota por los golpes".

"Al igual que atendí a mis conciudadanos refugiados en Jordania, hoy día sigo atendiéndolos en mi país", dice luciendo sus diplomas sirio y jordano.

La misma ambición anima al equipo de Enab Baladi, un medio surgido al inicio de la contienda en Daraya, bajo el impulso de una veintena de estudiantes comprometidos con la revuelta. Cuatro de ellos murieron en los primeros años de la guerra.

Exiliados en Turquía y Alemania, los jóvenes periodistas se perfeccionaron gracias a los grandes medios internacionales. Su portal web, lanzado como un diario local, se ha convertido en uno de los principales medios independientes de Siria.

La redacción refleja la imagen de un país múltiple, con colaboradores alauitas, cristianos, kurdos, drusos, sunitas, y no duda en tratar temas sensibles o en criticar a las nuevas autoridades islamistas, al hilo por ejemplo de los enfrentamientos ocurridos en julio en la zona de Sueida, bastión de la minoría drusa.

Ante las ruinas de la casa de donde salió el número cero, uno de los fundadores, Ammar Ziadeh, de 35 años, espera ahora que "los medios independientes puedan mantener un espacio de libertad" en la nueva Siria.

- Reconstruyendo las escuelas -

Una nueva Siria en la que los niños de Mohammed Nakkash puedan sentirse en casa.

Omar, de seis años, y Hamza, de ocho, nacieron en Turquía, donde su padre, ex militar, se refugió después de desertar en 2012 y "enterrar a ocho amigos" con sus propias manos.

En su país de acogida, los niños sufrieron racismo, y él mismo fue explotado por un jefe que no le pagó, afirma este hombre de 31 años que trabaja actualmente de carpintero con su padre.

"Cuando cayó el régimen (...) ya no había más razones para permanecer allí", asevera.

El regreso ha sido duro. "Falta agua potable, electricidad, condiciones de higiene decentes".

Alejados hasta hace poco de su cultura de origen, los niños han tenido que reaprender todo, después de haber estudiado en Turquía en caracteres latinos.

Ignorados por sus compañeros de clase turcos, tenían problemas "para interactuar con mis padres y hermanos", cuenta Mohammed Nakkash, que los llevó incluso a un médico preocupado de que fueran autistas.

Los niños nacidos durante el exilio turco de sus padres "tienen dificultades en árabe, que hablan pero sin saber escribirlo, lo que nos obliga a organizar cursos casi de alfabetización en árabe", explica bajo anonimato un responsable educativo.

La tarea en este sector es difícil, ya que en las 17 escuelas de la ciudad (frente a 24 antes de la guerra), faltan equipamientos y profesores de matemáticas, ciencias e inglés.

Daraya cuenta ahora unos 200.000 habitantes, según las autoridades locales.

"Cada día recibimos a vecinos que vuelven, que han encontrado su casa en ruinas, y nos piden un refugio o ayuda para la reconstrucción", explica el presidente de la municipalidad, Mohammed Jaanina.

Si bien, para reconstruir su casa, hay que mostrar un título de propiedad, en muchos casos perdido durante el exilio.

- Una tumba para los muertos -

Antes de abandonar Daraya en 2016, y temiendo que las tumbas del cementerio fueran profanadas por el ejército, los combatientes y activistas retiraron las lápidas no sin antes documentarlas, según explican a AFP los últimos testigos, entre ellos Bilal Shorba y Hussam Lahham.

A su regreso, y gracias a las fotos conservadas, pudieron recolocar en su sitio las lápidas. En total, 421 con los nombres y las fechas de deceso de los habitantes de la ciudad muertos entre 2012 y 2016.

Delante, en otro espacio, están los cuerpos de las víctimas desconocidas, asesinadas por las fuerzas gubernamentales y las milicias aliadas en agosto de 2012, que en cuestión de 72 horas ejecutaron a 700 personas.

Visitando el "cementerio de los mártires", Amneh Khoulani se siente conmovida en este día de otoño.

"Lucho por que mis hermanos tengan una tumba", dice aguantando las lágrimas esta mujer de 51 años, que vive entre Siria y Reino Unido.

Durante el conflicto, tres de sus hermanos fueron detenidos y ejecutados. Sus cuerpos nunca fueron hallados.

La foto de uno de ellos apareció en el llamado dosier César, que contenía imágenes de miles de desaparecidos en los centros de detención y tortura del régimen de Al Asad.

"Hay un gran sufrimiento en Daraya. Muchos no saben dónde se encuentran sus hijos", dijo Khoulani, miembro de la Comisión Nacional de Desaparecidos, que en dos ocasiones habló en el Consejo de Seguridad de la ONU pidiendo justicia.

En un muro del cementerio, Bilal Shorba ha pintado un fresco muy simbólico.

Sobre un azul cielo, una niña coge una rosa en memoria de su padre, y a falta de tumba, se pregunta dónde ponerla.

W.Lane--TFWP